Pólvora, zombis y feminismo: rompiendo una lanza a favor de la saga ‘Resident Evil'. | CIRCO26

Pólvora, zombis y feminismo: rompiendo una lanza a favor de la saga ‘Resident Evil'.

Cine/Resident Evil- Aún recuerdo la primera vez que puse mis manos sobre un “Resident Evil”. Los primeros pasos a través de la mans...

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Cine/Resident Evil-

Aún recuerdo la primera vez que puse mis manos sobre un “Resident Evil”. Los primeros pasos a través de la mansión Spencer con el mando de una Sega Saturn en mis manos, se tradujeron en una experiencia ligeramente traumática vivida hace ya veinte años que, además de dejarme varias noches sin dormir, marcaría un antes y un después en mi idílico romance con el género de terror, que aún perdura a día de hoy.

Es comprensible, vistos los antecedentes, que, cuando se anunció a principios de los 2000 una adaptación cinematográfica del videojuego de Capcom, el adolescente que habitaba en mi interior se sintiese totalmente emocionado y, a su vez, no sintiese un mínimo atisbo de temor —cosas de la edad— al pensar en el disparate en qué podía derivar —y derivó— la aventura fílmica de los zombis de Raccoon City.
Hoy, quince años y seis largometrajes después dando forma a una demencial franquicia ‘Resident Evil’, cuyo reboot acaba de ser anunciado con James Wan a la cabeza como productor, no puedo menos que hacer retrospectiva, sonreír, y defender la injustamente denostada licencia de Constantin Film capitaneada por Paul W.S. Anderson. Puede que sea un defensor de causas perdidas, o que perciba la realidad distorsionada vayan ustedes a saber por qué, pero, háganme caso: La saga ‘Resident Evil’ no es tan terrible como parece.

Cuando comenzó a gestarse la primera parte de la la franquicia, que se estrenaría finalmente en el año 2002, las expectativas del fandom del videojuego y del mundo zombi estaban por las nubes. No era para menos, pues el nombre que estaba sobre la mesa para dirigir ‘Resident Evil’ no era otro que el del padre del subgénero tal y como lo conocemos hoy día, George A. Romero, quien ya había trabajado para Capcom en el spot televisivo del “Resident Evil 2”.

Finalmente, la relación entre Romero, Sony y Capcom no terminó de cuajar por las diferencias creativas referentes a un guión que seguía fielmente los devenires argumentales del primer juego, y que prometía un filme de muertos vivientes a la antigua usanza, cocinado a fuego lento, y con más de una sorpresa en forma de serpiente gigante y planta antropófaga.

Finalmente, Paul W.S. Anderson, que venía de dirigir a Kurt Russell en la olvidable ‘Soldier’, aterrizó en el proyecto junto a la siempre encantadora Milla Jovovich, firmando una cinta que desató la ira de unos aficionados que se llevaron las manos a la cabeza, y el amor incondicional de un público que se llevó las manos a los bolsillos, haciendo que triplicase su presupuesto en taquilla. Y esto sólo fue el principio.

Nada quedaba en la ‘Resident Evil’ de Anderson del terror reposado y clasicista del videojuego. La mansión Spencer, tal y como la conocíamos, había desaparecido por completo, y tampoco había rastro alguno de Chris, Jill, Barry y compañía, protagonistas del original. En su lugar, un nuevo personaje femenino, llamado Alice, repartía estopa ataviada con un vestido rojo, unas botas altas y una chupa de cuero, en una bacanal de acción más próxima a la sci-fi que al horror, heredera de una ‘Matrix’ cuya influencia seguía siendo muy poderosa sobre la industria.

Creo a pies juntillas que, de haber optado por un tono más continuista con los cánones del género y el espíritu de la fuente adaptada, el éxito y el porvenir de la saga no se hubiese acercado ni remotamente al multimillonario triunfo conocido por todos. Porque ‘Resident Evil’ y sus cinco secuelas han sentado cátedra en el noble arte de entretener al respetable, ofreciendo un producto descerebrado, de consumo rápido y olvidable, y, por encima de todo, envuelto por un aura de autoconsciencia en la que radica su principal baza.

Una franquicia que arranca con su protagonista dándole una patada voladora en la boca a un perro zombi, y que termina con una referencia directa a la mismísima ‘Robocop’ de Paul Verhoeven en su ‘Capítulo Final’, no podría siquiera concebirse sobre el papel sin una buena dosis de autoconsciencia en mente. Una carencia total de complejos extendida a lo largo de seis largometrajes que se erige como la principal virtud de todos ellos.

Esta cualidad, muy complicada de atesorar —aunque parezca lo contrario—, ha permitido a ‘Resident Evil’ camuflar su despropósito argumental rebosante de clones, corporaciones malévolas y giros demenciales, entre las carcajadas condescendientes de un público sometido a un delicioso lavado de cerebro.

Anderson y su equipo no han necesitado ni siquiera conectar los episodios de una forma coherente y comprensible, optando por ubicar al espectador mediante unas espídicas secuencias de montajes reconvertidas en leitmotiv. ¿A quién le importa quién es toda esa retahíla de personajes cuando tenemos a Milla Jovovich armada con dos escopetas disparando monedas —si, monedas— mientras hace piruetas imposibles?

Publicado por - Francisco Mendoza
Fuente: Blogdecine
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